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Los albores del nuevo día, más bien, eran
anunciados con algarabía por el trinar de los pajarillos
multicolores, que posados en las ramas de los árboles entonaban los
más diversos cánticos convirtiéndolo todo en una
sinfonía loca, mientras que en la profundidad de la espesura, los
animales de la noche, al notar la claridad que precede al amanecer
huían presurosos en busca de sus cavernas o un lugar aparente para
pasar el día a la espera de otra noche y volver a salir al
descubierto como les exige sus vida nocturna.
Don
Esteban mientras tanto, acababa de lanzar su flecha que hizo presa en una
hermosa palometa y raudo cogió el trofeo y lo depositó en el
fondo de su canoa y justo en ese instante se produjo el fenómeno.
Algo
increíble, fantástico! En el centro de la cocha,
emergió la figura de una persona vestida con una túnica
blanca. Los ojos incrédulos de don Esteban parpadearon
intermitentemente…
No
creía lo que veía frente a él… miró
entonces fijamente a la aparición y vio con sorpresa que se trataba
de la figura inconfundible de Cristo.
Era
él… Nuestro Señor con su mirada triste y bondadosa y
algo más sorprendente aún, el canto de los pajarillos se
afataron de tal manera, que se convirtieran en una hermosa melodía,
poniendo el marco musical a la sorpresiva aparición de Cristo, melodía
que despertó a los demás moradores de la comunidad nativa y
todos pudieron apreciar la excelsa aparición de Cristo Redentor,
Nuestro Salvador.
Desde
entonces la pequeña comunidad, por acuerdo unánime de todos,
bautizó a este lugar como Cristococha y según testigos
presénciales, las aguas de este lago, las aguas de este lago tienen
poderes curativos, son muchas las personas, según la leyenda, que al
bañarse en ellas han curado sus males.
Esta es
la auténtica leyenda del ahora conocido lugar como Quistococha.
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